El partido del Orgullo LGBTI+ en el Mundial de Futbol 2026 será disputado por dos países donde la homosexualidad sigue prohibida

El duelo entre Irán y Egipto del 26 de junio en el Mundial 2026, designado por los organizadores como el “Partido del Orgullo LGBTQ+”, generó una ola de reacciones que expuso tensiones políticas, culturales y legales. Ambos países mantienen prohibiciones explícitas sobre las relaciones entre personas del mismo sexo, lo que convierte esta elección en un gesto simbólico que incomoda a dos selecciones obligadas a navegar entre el escenario global y las reglas estrictas de sus gobiernos.

SEATTLE, UNITED STATES – OCTOBER 14: FIFA President Gianni Infantino visits Lumen Field on Seattle, WA on October 14, 2024. (Photo by Steph Chambers – FIFA/FIFA via Getty Images)

La iniciativa nació en Seattle como parte del calendario del Orgullo, que ese fin de semana llenará la ciudad de marchas, conciertos y actividades vinculadas a la diversidad sexual. Los organizadores locales quisieron que el Mundial acompañara ese ambiente con un partido temático, pero la decisión recayó sobre Irán y Egipto sin consulta previa. Ambos países aplican sanciones que pueden incluir cárcel, persecución policial y en algunos casos castigos corporales. En Irán, los tribunales aún pueden aplicar penas severas en base al código penal islámico, mientras que en Egipto se suele recurrir a leyes de “moral pública” para perseguir a personas LGBTQ+. Para las delegaciones, la mera asociación con un evento así puede ser vista como una provocación o una falta de respeto a sus autoridades y culturas.

Identidad, leyes y presión internacional

Las dos federaciones enviaron cartas de protesta. Irán calificó la iniciativa como una decisión “irrazonable” y se quejó de que “favorece a un grupo en particular”, insinuando que el torneo debería mantenerse alejado de actos políticos o sociales que no representen a todos los participantes. Egipto pidió que se limite cualquier manifestación pública relacionada con el orgullo durante el partido, desde banderas hasta mensajes en las pantallas del estadio. La preocupación no es solo institucional. Jugadores, asistentes y miembros del cuerpo técnico temen que cámaras internacionales capturen expresiones que puedan interpretarse como apoyo al movimiento LGBTQ+, lo que podría generar investigaciones una vez que regresen a sus países.

La tensión también se extiende a los aficionados. Organizaciones defensoras de derechos humanos han advertido que la presencia de hinchas LGBTQ+ en las inmediaciones del encuentro podría generar situaciones incómodas para las delegaciones de ambos países. Seattle, en cambio, se prepara para recibirlos con actividades paralelas que buscan visibilizar las dificultades que enfrenta la comunidad en regiones donde la diversidad sexual está criminalizada. Para muchos activistas, el contraste entre un estadio lleno de banderas arcoíris y dos equipos provenientes de países donde esa misma bandera está prohibida ilustra la paradoja del fútbol globalizado.

La FIFA, por su parte, defendió la designación del partido como una muestra de compromiso con la inclusión, aunque evitó criticar a Irán y Egipto de manera directa. Voceros de la organización insisten en que el torneo debe ser un espacio donde todas las identidades puedan sentirse representadas, pero el episodio evidencia lo difícil que resulta equilibrar ese discurso con la participación de naciones que penalizan la homosexualidad. Lo que en Seattle se plantea como un gesto celebratorio, para otros se transforma en un escenario de riesgo político. Y así, más allá del marcador final, el encuentro entre Irán y Egipto mostrará cuánto pueden chocar las aspiraciones de un Mundial más inclusivo con las realidades legales y sociales que aún afectan a millones de personas en distintos rincones del mundo.

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